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Wamatse: Nayara

Está con los cascos puestos, como siempre que pica código trasteando sobre algo estimulante. El lo-fi la ayuda a entretener el coco mientras juguetea con un palito de regaliz entre las muelas. Los dedos vuelan sobre las teclas. Nayara no lo sabe, al menos no como tú y yo sabemos las cosas, pero sus dedos están sincronizados con el ritmo de la canción que la acompaña. Podemos decir que en su cabeza las cosas no funcionan como es habitual. Diríamos que tú y yo tenemos un par de ponis de potencia tirando de un carro; con ellos calculamos y pensamos, establecemos prioridades, estudiamos y arriesgamos, sentimos y nos manejamos en la vida. Pues la cabeza de Nayara funciona como una manada de caballos salvajes que corren en estampida por prados inhóspitos. Para empezar, corren por donde les da la gana, son indomesticables, salvo por el regaliz —o cualquier cosa que mascar— y el lo-fi; pasan de caminos y están en conflicto constante los unos con los otros por ver quién llega antes a qué sitio. Y del mismo modo que a un caballo le gusta correr, a su manada le gusta programar. Para Nayara, programar es tan sencillo como juguetear distraídamente con un boli. Lo puede hacer en cualquier lado. Puede dedicarle cuarenta y tres horas seguidas o los cinco minutos de espera en la parada del autobús. Sí. Esa adolescente, casi una niña, que se arrebuja en su plumas mascando algo con la mirada fija en la pantalla de su portátil está jodiendo uno de los núcleos de los servidores del HSBC. Mientras tú fumas mirando el estúpido 20 Minutos en el móvil, ella está haciendo pasar el peor puto día de su vida a un grupo de programadores chinos. Y a uno noruego al que han despertado para la emergencia.

¿Por qué lo hace?

La culpa de todo la tiene Rubén, su novio. A Rubén le gustan las artes marciales. Le gustan como a un castor le gusta roer madera o a un globo de fiesta infantil explotar en el momento más cabrón. El muy animal no puede vivir sin ellas, son parte de su placer personal, la clase de cosas que compartes con el amor de tu vida aunque a este le importe un pimiento. Rubén comparte su pasión con Nayara de dos formas: a veces ella lo acompaña a los entrenamientos y otras veces ven juntos películas de acción estilo Hong Kong. Hace unos días vieron, en el sofá de Rubén, una peli de chinos en la que salían un número inconcebible de ellos, enfadadísimos, persiguiendo a un superpoli de Hong Kong por la fachada de un edificio rarísimo. En general, todo resultaba inverosímil, incluso la impresionante fachada del edificio ese, pero Nayara trasteó buscando algo de información y resultó que existía de verdad. Era un banco, la sede del HSBC en Hong Kong, diseñado por Norman Foster. Y uno de sus clientes era una empresa que, cosas de la vida, había contactado hace muy poco con Nayara: Industrias Hang Ying. Fue demasiado tentador no meter un poco las narices. Luego, al ver que la iluminación interna del edificio funcionaba a base de espejos controlados por ordenador, ya todo fue demasiado tentador. ¿Escaleras mecánicas, ascensores «especiales» y mecanismos domóticos por todas partes? ¡Era una puta jaula robot gigante! Desde entonces, no ha parado de fisgar en su seguridad y en todo lo concerniente al edificio y, una vez supo lo necesario, llamó a la puerta con educación. Bueno, con la educación que puede tener una manada de caballos salvajes programando enfurecidos.

Su código es como una pequeña hoja dando vueltas en una espiral de agua. El final es inevitable, y el equipo chino de programadores, a estas alturas, ya deben saberlo. Por las cámaras de seguridad que tiene minimizadas ve flipar a los currelas del edificio, como hormiguitas de un hormiguero, zarandeado, de un lado para otro buscando asidero. Es genial.

Pero llega el autobús. 

Todo lo bueno se acaba. 

Cierra la pantalla y guarda el portátil. Darles un respiro no está de más. Además, ya tiene lo que quería de ellos.

Y tiene que llamar a Rubén. Está a punto de salir de una de sus peleas.

—Pasa tú delante, niña —dices tú, impulsado por un sentido de la caballerosidad decimonónico basado en la falsa sensación de superioridad por sexo y edad. Ingenuo ante la diferencia de poder. 

—Gracias —sonríe Nayara al avanzar, inmune a tus mierdas, mascando regaliz mientras el lo-fi ahoga los relinchos de su cabeza.

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