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Wamatse: Alejandro.

El siguiente texto no es para todos los públicos. Es un relato para lectores adultos.

Cuando entré en su estudio contuve las arcadas a fuerza de costumbre. También gracias al whisky. La mayoría de mis compañeros no pudieron. Entraban para ver la escena, intentaban resistir unos segundos y acto seguido salían buscando el jardín. Era normal, pese a estar avisados, era la primera vez que veían la obra de Wamatse.

Francis Lumbert  era un hombre corriente, con una hipoteca, dos gatos, una amante y pasión por las casas en miniatura. Dedicaba su tiempo libre a leer y a diseñar hogares campestres y victorianos que luego exponía en su blog. Su casa estaba en el 1601 de la calle Koch, a las afueras de Quinci, Illinois. Una vivienda digna, de un solo piso y jardín discreto. Más que suficiente para un técnico de laboratorio. Al parecer, trabajaba en el control de aguas del Misisipi.

Por el olor, debía llevar cuatro días así.

Delante de su cadáver estaba el espejo de pie, como siempre. Un metro ochenta de altura y unos cincuenta kilos de peso. Madera tallada y cristal tan envejecido que el óxido comenzaba a corroer la pátina trasera. El cuerpo de Francis estaba sentado en una silla de oficina con ruedas, desnudo, a poco menos de un metro del espejo. Algo inusual. Era el cuerpo más cercano al espejo que había visto hasta el momento. Era un hombre corpulento, casi obeso, de pelo corto, moreno, 34 años. El primer análisis visual mostraba lo habitual: la primera falange de los dedos de ambas manos había sido desenvainada a mordiscos hasta dejar ver los huesos. Los encontraríamos en su estómago. Empleando las terminaciones óseas de los dedos se perforó la cara y se amputó ambos labios. Clavó los huesos sobre las encías hasta desencajarse varias piezas dentales. Se perforó una de las sienes y luego se cebó con el pecho. Las líneas de sus lágrimas marcaban un corte en la sangre. Había llorado a raudales. No. Al menos en uno de los ojos no, no eran lágrimas. Empleó un cutter para cortarse uno de los globos oculares en vertical, haciendo que el líquido intraocular le cayese por el rostro. Los genitales estaban destrozados por cortes diversos, con múltiples elementos de su estudio penetrando la zona: lápices, pinzas… En la cara interior del brazo izquierdo tenía cortes alargados en paralelo a los tendones, que habían sido cortados y expuestos con una pinza de corte frontal que estaba tirada a sus pies. En el pecho y el estómago presentaba cuatro tijeras, tres bolígrafos, un punzón y un profundo corte acompañando la línea del esternón, desde el plexo solar hasta la décima costilla. Su expresión de pánico, dolor y desolación era absoluta.

—¿Cómo… demonios ha podido hacerse todo eso a sí mismo? —Dijo asqueado el agente Bunt. No daba crédito. Aun no entendía nada de lo que estaba ocurriendo y, por su expresión de horror, no duraría demasiado en la unidad. No conocía a Wamatse.

—Dedíquense a buscar información sobre su empleo y a revisar sistemas de seguridad de la casa. Y aléjense de este cuarto ¿me han entendido? No quiero a nadie aquí hasta que llegue Rims con sus hombres de la científica —les respondí con toda la autoridad que pude. Seguía empeñado en que los asesinatos no eran al azar. Había algo en común en sus víctimas. Patrones comunes más allá de las autoejecuciones. Wamatse era un estratega, estaba convencido de que no actuaba al azar.

Entonces sonó un móvil.

Cerca. Ahogado. Tardé un instante en entender que el sonido venía del profundo corte que Francis tenía en el torso. Lo tenía dentro. No debería haberlo hecho, pero metí la mano. Lo extraje con delicadeza: estaba dentro de una bolsa de pruebas empapada en sangre. La abrí con cuidado tras ajustarme los guantes de látex. Un número desconocido.

Descolgué.

—Hola, Alejandro… Me alegro de que continúes nuestro juego.”  

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