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Furia en el paisaje: la ambientación en Tormenta de Fuego

Esperando la tormenta

Os encontráis en Yrgäe, una ciudad minera independiente de la desolada región de Heyrä. Estáis rodeados de volcanes rugientes y de profundos abisales que descienden hacia el terror más insondable. En cualquier momento la tierra iracunda os puede engullir sin dejar rastro de vuestra existencia. Ganas no le faltan y poder tampoco. Sin embargo, hay otra amenaza que requiere toda vuestra atención AHORA: los Oyhun, la raza semidivina que tiene esclavizadas al resto de razas de Heyrä, está a las puertas de la ciudad y amenaza con destruirla. ¿Seréis capaces de enfrentaros a las fuerzas salvajes del ejército que mató a los primeros dioses? ¿Si los dioses no lograron vencerlos, por qué lo haréis vosotros? Bienvenidos a Tormenta de fuego, una aventura de riesgo extremo en la que el paisaje es tan peligroso como la espada más afilada.

Veddara

Heyrä se sitúa al norte del mundo de Veddara. Formada por rocas, lava y tierra yerma, Veddara alberga en sus profundidades la Fragua de los dioses, donde se creó la propia Veddara y las tierras de más allá. La furia del fuego y la dureza del metal caracterizan unas tierras donde la supervivencia es la máxima aspiración de los seres que la habitan.

Aunque Veddara siempre fue un territorio inhóspito, los primeros dioses cuidaban de mantener una cierta armonía en el paisaje y entre los habitantes. Luego vino la guerra entre los primeros dioses y las razas mortales. Los dioses usaron el paisaje como arma contra las razas rebeldes. Enviaron tormentas coléricas y envolvieron Veddara en un mar de lava y de destrucción. Sometieron a los mortales, inoculando el odio en su entrañas, y endurecieron el terreno hasta hacerlo casi inhabitable. 

Mucho tiempo después, la raza semidivina Oyhun mató a los dioses primeros y tomó el poder en Veddara. La tierra volvió a resentirse, los volcanes despertaron y una sequía perpetua despobló el terreno de la poca vegetación que le quedaba. Los moradores de Veddara, esclavizados por los Oyhun y ubicados en una tierra hostil, se volvieron más amargos y recelosos. Y lo peor estaba por venir. 

Ahora, los Oyhun están perdiendo poder y para recuperarlo han iniciado la búsqueda del último trono de la divinidad. A su paso solo dejan devastación y muerte. Ya han arrasado buena parte de Veddara, y ahora han llegado a Heyrä.

Heyrä

La región de Heyrä es totalmente desértica. Está plagada de inmensos abisales que descienden hasta lo más profundo de la tierra a través de una maraña de túneles que conforma la Geoscuridad. Al pie de los abisales descansan diversas poblaciones que alzaron los exiliados que huían del azote de los Oyhun. El gran valle de Njolda, entre dos cordilleras, ocupa toda la región. La cordillera del norte limita con el fin del mundo conocido, y la del sur da paso a los olvidados mares de arena de Qu-Garad.

Heyrä está infestada de serpientes y reptiles de todo tipo, que producen venenos tóxicos que luego se venden en los mercados. Casi todos los mamíferos son letales, y solo quedan algunas especies de ganado pacífico. A las aves rapaces se las venera y la cetrería se considera un noble arte. Las gentes de Heyrä obtiene de los volcanes y los primeros tramos de la Geoscuridad, resinas y alimentos como pescado u hongos frescos, que sus áridas tierras no producen. Para ello, han construido rudimentarios sistemas de poleas, puentes y grandes plataformas que se recortan en el paisaje como espinas supurantes. 

La llegada de los Oyhun a Heyrä ha atiborrado el terreno de agujeros colosales que se confunden con abisales. Los esclavos de los Oyhun los excavan día y noche en su búsqueda del último trono de la divinidad. Los campos de trabajo han rodeado la ciudad de Yrgäe, donde se respira una exasperante calma tensa.

Yrgäe

La pequeña ciudad de Yrgäe se encuentra en la falda de las primeras montañas de Heyrä. Asentada en un gran abisal, sobrevive gracias a la minería, la recolecta y una exigua agricultura residual. Sus habitantes son descendientes de un grupo de combatientes que se parapetaron entre las cordilleras para enfrentar a los Oyhun. Nunca entraron en combate porque los Oyhun los ignoraron y siguieron su camino en busca de objetivos más imponentes. Pero decidieron quedarse a vivir a los pies del abisal, dando origen a una aldea que fue creciendo hasta convertirse en ciudad.

Tras las zanjas y empalizadas que dan la bienvenida a la ciudad, se encuentra una gran muralla de piedra. Esta ha sido reforzada con los antiguos huesos de los últimos dragones encontrados en las entrañas del abisal. Nada más traspasar cualquiera de sus tres puertas, se recibe una bocanada de calor con olor a azufre del abisal mezclado con descompuestos orgánicos. Tras las puertas, el bullicio de los primeros negocios y almacenes va ganando intensidad hasta llegar al mercado.  

Y más allá, el corazón de la ciudad. Un entramado de calles laberínticas que se estrechan hasta unirse pared con pared, o se abren a plácidas plazas con pozos y fuentes, serpenteando al azar, sin racionalidad arquitectónica ninguna. Y encaramadas a cualquier soporte precario, las típicas casas de Heyrä, de tejado a dos aguas de lava solidificada y paredes de piedra o madera manchadas de hollín.

La Geoscuridad

Yrgäe se extiende bajo tierra de forma más generosa que por encima de esta. Las alcantarillas, que se construyeron en un intento sin éxito de llegar a las entrañas del abisal, se adentran en la Geoscuridad en un amalgama de ratas, mierda, mazmorras y de serpientes achicharradas que huyen del sol con la lengua colgando.

En los primeros tramos de la Geoscuridad todavía quedan algunas plácidas grutas con lagos de agua dulce en los que se refleja, en color miel, el ámbar de los yacimientos que descansan en sus flancos. El descenso se estrecha tras las grutas y da paso a un paisaje onírico dominado por los efluvios venenosos de la Herrumbre, la energía caótica que gobierna la Geoscuridad y que nutre a todo tipo de extrañas criaturas cuya dieta favorita, según las leyendas, se compone de mineros, exploradores y buscatesoros. Eso no impide que cada año decenas de aventureros se adentren en la oscuridad más profunda a la caza de emociones fuertes. Y si las han encontrado, no lo sabemos, porque nunca ha vuelto ninguno para contarlo.

Ahora los Oyhun se disponen a desafiar las fuerzas letales de la Geoscuridad en su búsqueda del último trono de la divinidad. Parece que habrá mucho tráfico bajo tierra. Se está organizando una fiesta de sangre y vísceras bajo vuestros pies, y por supuesto, estáis invitados.

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